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TRAUMA EN NUESTROS GENES

POR MARIA MACAYA

Heredamos traumas: los heredamos de nuestras comunidades y culturas, los heredamos de nuestros padres y ancestros. No solo heredamos los traumas, también heredamos la forma de sobrellevarlos. Ambas cosas han estado con nosotros durante tanto tiempo que nos cuesta tomar conciencia de ellas e identificarlas. Son las semillas de nuestros hábitos, de lo que entendemos es nuestra naturaleza e incluso nuestra identidad.

Hace unos años se realizó una prueba científica. Un grupo de ratas fue sometido a un tratamiento que consistía en combinar el olor de las flores de cerezo con una descarga eléctrica. Primero se les soltaba olor a flores de cerezo en la jaula, e inmediatamente después de esto, las ratas recibían una descarga eléctrica. Esto se hacía de forma continua hasta que las ratas asociaron mental y reflexivamente el olor de las flores de cerezo con una descarga eléctrica. Este condicionamiento hizo que las ratas entrasen en un estado de miedo y alerta cada vez que el olor a cerezos se liberaba en el aire, incluso cuando ya no recibían descarga eléctrica.

Curiosamente, unos meses después, cuando había terminado esa parte del experimento, estas ratas criaron. Cuando sus descendientes fueron sometidos al olor de flor de cerezos, estos entraron de inmediato en estado de lucha o huida, a pesar de no haber recibido nunca una descarga eléctrica. Se hizo un test similar en la siguiente generación – con los nietos. Los resultados fueron los mismos: el olor a flor de cerezo condujo a estos de inmediato al miedo, el estrés y la ansiedad. El nombre científico de esta transmisión, en este caso  transmisión de miedo, es epigenética. La epigenética estudia y explica la alteración de la actividad y expresión de los genes, en la mayoría de los casos debido a factores ambientales o externos como puede ser un trauma. La epigenética es esencial para comprender el trauma intrageneracional.

Lo que se traspasa de generación en generación es por un lado el trauma que afecta lo que tememos, lo que da forma a nuestras creencias; y por otro las técnicas de gestión de esos traumas, que afectan nuestros hábitos, acciones y respuestas ante eventos, circunstancias y factores desencadenantes, reales o imaginarios. Estas expresiones genéticas alteradas afectan la forma en que nos relacionamos con nosotros mismos, con los demás, con las cosas, las vistas, los olores y los lugares. También afecta la forma en que nosotros, consciente o inconscientemente, nos protegemos de amenazas imaginadas, amenazas que pueden haber sido reales para nuestros antepasados, pero a menudo no han jugado ningún papel en nuestra propia vida o experiencia.

Es un ejercicio difícil diferenciar entre los hábitos que son útiles para nosotros y aquellos que nuestros ancestros pudieron haber necesitado debido a sus circunstancias, pero que realmente no tienen ningún sentido para nosotros en este momento, en esta vida, en estas circunstancias. Los hábitos como regla general son difíciles de identificar, son acciones no planificadas ni conscientes, que forman una parte muy importante de lo que somos y de cómo operamos. Creemos que estos hábitos son nuestra naturaleza, que nos hacen ser quién somos: La velocidad a la que caminamos, nuestra primera reacción al conocer a una persona u oler un olor, el volumen de nuestra voz, la profundidad de nuestro sueño, lo que nos gusta comer, los colores que nos gusta vestir, cómo nos sentimos con respecto a los autos, motos, parejas, compromiso, niños o cielos nublados: nos parece que estas cosas nos hace ser «quienes somos», tanto como el color de nuestros ojos o la tersura de nuestro pelo.

Es un ejercicio difícil identificar cuál de estos rasgos que creemos nos da identidad en realidad nos pesa, nos resulta una carga que nos impide avanzar o que crea bloqueos innecesarios. Es difícil pero sin duda liberador y por lo tanto necesario.

Posdata: La autora de este artículo no está de acuerdo con las pruebas en animales.