Este mes, en Rādika, hablamos sobre el cuidador.
Y estos días, cuando pienso en cuidado, sin duda pienso en mi madre, que justo hace dos años que se fue.
Pienso en ella durante su enfermedad y en cómo intenté cuidarla.
Recuerdo esa época como un mix de dolor y ternura, de aprender a soltar ideas antiguas sobre nuestra relación y, al mismo tiempo, de acercarnos de formas nuevas.
Y también pienso en todo lo que esa experiencia me dejó, que fue mucho más de lo que hubiese imaginado.
Recuerdo la primera vez que, en una habitación de hospital, la ayudé a ducharse.
A ella le daba vergüenza, no quería que la viese así ni verse a sí misma en esa fragilidad.
Ella, que siempre se había sentido orgullosa de su independencia y de su fuerza, llevaba muy mal encontrarse en esa situación.
Y yo, viéndola tan frágil y delgada, tenía miedo de hacerle daño, de que se resbalara o incluso de que se desmayara.
«No quiero que me veas así», me dijo.
Y yo, sin saber muy bien cómo romper esa tensión, le dije: “Imagínate, con todas las cosas que has hecho tú por mí.”

En ese momento, algo cambió entre nosotras.
Por primera vez, cuidarnos fue algo mutuo.
Yo pasé a ocupar el rol de quien acompañaba su fragilidad y, al mismo tiempo, ella seguía siendo madre: seguía cuidándome con sus consejos, su humor y esa manera tan suya de recordarme cómo enfrentar las cosas.
En los dos años que estuvo enferma, recorrí un camino lleno de aprendizajes —y también de muchos momentos de meter la pata.
Al principio me puse la capa de cuidadora profesional: aprendí todo lo que pude sobre el cáncer, quise ser su nutricionista, su fisio, su enfermera.
Pensaba que si me informaba lo suficiente, si lo hacía todo bien, podría protegerla.
Pero con el tiempo me di cuenta de que lo que más necesitaba no era que yo lo supiera todo, sino que simplemente estuviera ahí, que fuera su hija.
Que la acompañara no desde el hacer constante —para eso ya estaban los profesionales—, sino desde el estar, desde el cariño y desde la presencia.
Cuidar a mi madre me mostró que cuidar es, muchas veces, un espejo.
Refleja cómo nos enseñaron a cuidar, pero también lo que sentimos que nos faltó.
Cuidamos desde nuestros deseos, nuestras heridas y nuestras propias historias.
Y en ese proceso, puede ser fácil deslizarse entre cuidar y controlar, entre proteger y sobreproteger, entre acompañar y decidir por el otro.
Lo complejo es recordar que quien recibe el cuidado también tiene su propia historia, sus miedos, sus necesidades y su forma de entender el cuidado.
Ahí está el verdadero reto: encontrar un equilibrio que respete a ambas partes, para poder acompañar desde el cariño y la escucha, y no desde la presión, las ideas preconcebidas o nuestras propias expectativas.

Ilustración Marie Montocchio
¿Cómo podemos reconocer lo que realmente necesita y quiere la otra persona, y no lo que creemos que necesita?
¿Cómo distinguir entre acompañar y decidir por el otro?
Son preguntas que me sigo haciendo y que abren espacios importantes de reflexión.
Este mes te invito a reflexionar sobre cómo cuidas tú.
Porque cada persona tiene una forma particular de cuidar, marcada por su historia, sus aprendizajes y por lo que ha necesitado para sentirse segura.
Hemos preparado un test para que puedas descubrir qué tipo de cuidador eres, y también recibir algunos tips prácticos para cuidar sin perderte en el proceso.
Lo encontrarás en esta newsletter.
Ojalá te ayude a encontrar tu propio equilibrio entre cuidar y cuidarte, y a descubrir cuál es tu lugar en este espacio al que todos llegamos, ya sea en nuestra vida personal, profesional o en ambas.
Un abrazo,
María

