Ram Dass, el maestro espiritual, dijo:
“Si crees que estás iluminado, pasa una semana con tu familia.”
¿Por qué será así?
Si estás leyendo esta carta, imagino que de alguna manera te interesa tu bienestar y el de quienes te rodean.
Quizás llevas tiempo en un camino de autoconocimiento: entenderte mejor, ser más fiel a quien eres, cultivar empatía, compasión, menos juicio, más comprensión.
Y a veces sentimos que vamos bien… hasta que llega esa cena familiar o esos días todos juntos, sobre todo con nuestra familia de origen.
Ahí reaparecen etiquetas que nos pusieron hace años, roles dentro de la dinámica familiar que cuesta soltar.
Como cuando te juntas con compañeros del colegio y todos, de forma casi mágica, vuelven a comportarse como si tuvieran 17 años.
Con la familia pasa algo parecido: una pequeña regresión.
Nos ajustamos al puzzle que nos unió de pequeños: lo que éramos, lo que se esperaba de nosotros, lo que funcionaba para que la convivencia flotara.

Si todas las relaciones son como un tango, dos personas ajustando su paso al ritmo del otro, la familia de origen es una sardana: un círculo donde cada uno sostiene un rol para que la danza funcione.
Aunque a veces esa coreografía ya no tenga sentido en la vida actual, el cuerpo sigue recordando los pasos.
Pero también está el reverso.
Hay personas que encuentran en esa mesa su mayor seguridad: un refugio donde se sienten en paz, más tranquilas que en su vida cotidiana.
Roles que no pesan, sino que sostienen.
Lugares donde uno puede descansar porque alguien más “lleva el compás”.
Es interesante lo que estos encuentros familiares, los fáciles y los difíciles, pueden enseñarnos.
Sobre lo que hemos dejado atrás, lo que hemos perdido, lo que hemos incorporado (para bien o para no tan bien).
Sobre la fuerza que hemos ganado, sobre la fragilidad que aún asoma.
Sobre lo que nos construyó y lo que ya no necesitamos.
Y cuando miramos un poco más de cerca, también vemos que los demás han cambiado.
Que no siempre muestran aquí lo que han aprendido en su vida diaria.
Igual que nosotros.

Ilustración Marie Montocchio
Quizá una forma amable de atravesar estos días sea mirar con compasión a ese niño que sigue en cada uno de nosotros.
Ese niño que aprendió a moverse así para pertenecer, para evitar conflictos, para sentirse querido o seguro.
No es un fallo: es memoria.
Y sigue viva aunque hayamos crecido por fuera.
Conectar con la familia puede activar versiones antiguas.
Desconectar de esos roles puede abrir espacio a una forma más presente y auténtica de estar, una que honra tanto a quien fuimos como a quien somos hoy.
Espero que estos días te sirvan para conectar un poco más contigo, y también para descubrir a esas personas que, igual que tú, han evolucionado…aunque no siempre lo muestren en esa mesa.
Un abrazo,
María

