En este mes dedicado a la bondad y al altruismo, pienso en la comunidad de Rādika de la que, al leer esta carta, formas parte.
Pienso que al estar aquí, somos personas que estamos abiertas al dolor propio y ajeno – lo reconocemos y sabemos que hay formas de aliviarlo.
La bondad es sin duda uno de nuestros aliados más grandes en este propósito.
¿Qué sabemos sobre la bondad?
La bondad despierta nuestra vulnerabilidad.
Acercarnos al dolor de los demás comienza con acercarnos a nosotros mismos.
Si no lo hacemos, es imposible.
Es cuando vemos con claridad que nosotros también somos vulnerables que aceptamos y abrimos nuestro corazón al ajeno.
La bondad necesita de una mirada equilibrada.
Ninguno de nosotros es solo bueno (al igual que ninguno es solo malo); todos fallamos, cometemos errores y dañamos a menudo sin intención de hacerlo.
La bondad significa abrirnos a esa posibilidad, reconocerla y, desde ahí, decidir que cada vez lo haremos mejor, que aprenderemos de cada fallo y desafío.
La bondad cuenta con la conexión.
Es a través de reconocer al otro en uno mismo, y a uno mismo en el otro, que inicia la bondad.
Ese mismo acto ya califica como bondad.
La bondad requiere acción.
Estas acciones pueden ser pequeñas o grandes: una mirada con cariño a aquella persona que llora cuando nos la cruzamos en la calle, un «hola» a la persona que pide ayuda en la calle, una llamada a aquella amiga que atraviesa un momento difícil.
Compartir recursos emocionales, tiempo o materiales según lo que nos es posible en cada momento.
La bondad implica tener un ojo puesto más allá de nosotros mismos, de nuestros propios deseos, para incluir y estar abiertos a reconocer y ver los de los demás.
Incluso si significa hacer un sacrificio propio, salir de nuestra zona de confort, o hacer un esfuerzo para comprender para conseguirlo.
La bondad reside tanto en el corazón como en la mente.
El corazón siente y nos impulsa, la mente nos ayuda a hacer que sea realmente útil y que tenga sentido para todos los involucrados.
La bondad supera las barreras puestas por los prejuicios y las creencias.
Cada ser —tú, yo, nuestro vecino, aquella persona que no conocemos o la que tiene una raza, color, orientación sexual, capacidad, edad, etc. distinta a la nuestra— es merecedor de ser tratado con bondad, de ser querido, ayudado y visto por quien es.
La bondad no tiene límites ni cantidades. No reconoce grande ni pequeño. Solo conoce calidad y compromiso.
Todos hemos conocido un momento en el que hemos necesitado y recibido un acto bondadoso.
Sabemos la gratitud, paz interior y confort que se siente cuando se recibe.
Cada momento de tu día, puedes hacer que alguien se sienta así.
Con la bondad ganamos todos.
Los que la recibimos y también quienes la damos.
Hay pocas cosas que den tanta alegría como saber que has hecho que alguien esté mejor, se sienta menos solo, desamparado o impotente.
Ser bondadosos y afinar nuestra capacidad para serlo no está mal como intención y propósito.
Es algo que nos podemos proponer para cada día que tenemos por delante, para hacerlo más y mejor.
Un abrazo,
María

