EL DOCTOR O’CONNEL

POR MARIA MACAYA

El otro día escuché la historia de un médico estadounidense llamado James O’Connel. Se graduó en la universidad de Harvard en 1982, siendo de los mejores de su promoción, y luego hizo la residencia en en el Massachussets General Hospital. Al terminar, fue transferido a una clínica para personas sin techo.

Cuenta que, cuando llegó, lo hizo con su bata blanca y el estetoscopio colgado del cuello. La enfermera que dirigía el centro de personas sin techo, le dijo: “-Aquí quítate esa bata y deja de un lado ese estetoscopio”. En vez de eso, el trabajo que le dió fue el de lavarle los pies a las personas sin techo que llegaban a la clínica.

Al principio, pensando en lo que había aprendido, analizaba los pies – buscaba artritis, señales de diabetes y otras enfermedades – pero pronto aprendió que en este acto, que intuyó casi religioso, había mucho más que aprender.

Nos cuenta en su libro: “Stories from the Shadows: Reflections of a Street Doctor” (Historia desde las Sombras: Reflexiones de un Doctor de la Calle).

“Lavé pies durante casi dos meses mientras observaba a enfermeras dedicadas como Bob Johansen, Betsy Kendrick, Sheila Healey, Randy Bailey, Mary Hennessey y muchas otras hacer su magia entre peregrinos cansados pero agradecidos. Como en la obvia alusión bíblica, el lavado de pies invierte la estructura de poder habitual y coloca al cuidador a los pies de cada paciente y lejos de la cabeza. Este gesto de respeto por el espacio personal literal y figurativo de cada persona sin hogar es crítico y marcaba un contraste a a como me habían enseñado a hacerme cargo durante encuentros clínicos, invadiendo la privacidad del paciente cada vez que colocaba un estetoscopio en su pecho, miraba su retina o examinaba su garganta”.

Después de pasear por la ciudad durante horas, sufrir la exposición a climas extremos y luego permanecer en una serie de colas esperando la entrada al refugio, un ticket para tener cama y la cena, las personas sin hogar disfrutaban de la oportunidad de sentarse y descansar mientras alguien les limpiaba los pies.

El doctor O’Connell aprendió algo más. Se dio cuenta de que era durante esos momentos en los que el les limpiaba los pies a los que serían sus pacientes cuando aprendía cosas sobre ellos que jamás hubiese aprendido en un intercambio médico / paciente como el que él estaba acostumbrado.

Conoció con ello el regalo, tanto para el doctor como para el paciente, de tomar el tiempo para escuchar y conocer. Gracias a ello, abrió un centro dedicado a personas sin hogar donde todos los residentes de su hospital pasan unos meses.

Desde Rādika queremos contribuir a que el arte de escuchar y conocer, el darle la palabra a todas aquellas personas que no la tienen, sea una realidad. Centros médicos y escuelas son algunos de los lugares donde sin duda se tiene que instaurar este arte de escuchar, ya que sin ello un diagnóstico es, por lo menos, incompleto.

Tenemos que tratar y enseñar a personas con emociones e historias, no a partes de un cuerpo o enfermedades separadas de estas historias.

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