RECONOCER Y RESPETAR NUESTROS LÍMITES

POR MARIA MACAYA

Hay un ejercicio que puedes hacer tanto con personas que conoces como las que no. Te pones frente a alguien a unos metros de distancia. Tú te quedas donde estás y la otra persona se acerca hacia ti lentamente, paso a paso, y lo hace esperando a que tú digas “ya, para ahí” porque ya han llegado lo cerca que quieres que lleguen. Con esa persona ese es tu límite, es el espacio que necesitas entre ellos y tú para sentirte segur@, para saber que la otra persona está respetando tu espacio privado sin invadir. Para cada persona, esta distancia es distinta.

Tenemos límites en distintos ámbitos, no sólo el físico. Esos límites son los que marcarán mi identidad y harán que mis necesidades sean respetadas en cada momento y con cada persona. Esos límites son también los que nos permitirán a cada uno de nosotros respetar el espacio de aquellas personas que nos rodean o con quien nos cruzamos. El primer paso es reconocer nuestros límites. Si no conocemos nuestros límites, no podremos establecerlos y comunicarlos.

¿Cuántas veces has accedido a algo y solo después dado cuenta que no podías, que te agotaba o que te incomodaba?

¿Cómo reconocemos nuestros límites para poder respetarlos?

Hay distintos ámbitos en los que podemos considerar y reconocer nuestros propios límites:

Físicos: Sirven para proteger tu espacio personal, tu privacidad o tu cuerpo. Tiene que ver con la distancia física entre tú y los demás en la que te sientes cómod@ o invadid@. Por supuesto, dependiendo de la persona y tu relación con ella, el espacio variará.

Sexuales: Sirven para proteger tu intimidad. Pueden hacer referencia a actitudes, comentarios o miradas. Dependerán de con quién y con qué te sientes cómod@.

Intelectuales: Sirven para proteger pensamientos, creencias y la capacidad de poder comunicar abiertamente, sin ser juzgad@, lo que piensas. También te protegen de que pensamientos o ideas te sean impuestos.

Emocionales: Sirven para proteger nuestro mundo emocional. En este espacio reconocemos nuestros límites de lo que queremos compartir y con quién queremos hacerlo. También existen límites sobre lo que queremos escuchar de otras personas, de cuanto queremos que nos cuenten.

Materiales: Sirven para proteger nuestro mundo material. Este tiene que ver con los límites de lo que podamos dar o prestar y de lo que podemos recibir.

Reconocer nuestros límites en los distintos ámbitos y delinearlos nos dará las pautas para saber dónde decir que si y dónde que no. En cada uno de estos ámbitos, ante situaciones que ponen en cuestión nuestros límites, nos podemos hacer preguntas como:

¿A quien estoy intentando complacer?

¿Tengo el tiempo, la energía o los recursos para hacerlo?

¿Qué perderé si digo no?

¿Qué ganaré si digo no?

A veces decir que no puede ser difícil por miedo a que dirán, que pensarán, como me verán o si por ello no me querrán, pero si esas cosas entran en duda en el momento de decir que no ante una petición, la relación existente ya era una de desigualdad e inseguridad. Ya era una relación que necesitaba sanación. En cualquier intercambio, las dos partes deben saber y apreciar que detrás de cada no hay un si a una necesidad, y ese es el que debe ser escuchado.

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