Este mes estamos hablando sobre el cuidador, explorando tanto la belleza de cuidar—cultivar nuestra compasión, hacer que la vida de otros sea mejor—como sus desafíos: el cansancio, la falta de autocuidado, la entrega constante que a veces desgasta.
Pero hay algo de lo que hablamos menos: para que alguien cuide, debe haber alguien que se deje cuidar.
Y eso me lleva a reflexionar sobre la relación que tenemos con ser cuidados.
Sé que me gusta cuidar, pero me cuesta mucho más dejarme cuidar.
Necesito sentirme independiente, evitar incomodar, no ser una carga.
Creo que no soy la única que se siente así.

Cuando leí la historia de la muerte de Gene Hackman y su esposa, me quedé pensando en esto.
Dos personas que tenían los medios para recibir ayuda profesional si sus familiares o amigos no podían hacerlo, y aún así, murieron solos.
Pensé en ella, cuidando a su marido en una etapa avanzada de Alzheimer, una enfermedad que una sola persona no puede manejar.
Y pensé en cómo, cuando ella misma se enfermó, tampoco pidió ayuda.
Vivimos en una sociedad que prioriza y premia la independencia, la autonomía, la juventud, la fuerza.
Y lo que se sale de ahí—la fragilidad, la dependencia, la necesidad de otros—se vuelve algo vergonzoso.
Pero la realidad es que todos necesitaremos ser cuidados en algún momento.
Mientras escribo esto, pienso en momentos en los que he sido cuidada, y sobre todo, en cómo esos momentos crearon un vínculo profundo con quienes me cuidaron.
Jasmin estuvo a mi lado durante el mes que pasé en cama después de que me pusieran mal la epidural con mi segundo hijo. Recuerdo su cariño y paciencia.
Joan, mi hijastro, con solo 10 años, se sentó a mi lado y me acarició la cabeza cuando tenía una migraña, sin decir nada, simplemente estando ahí.
Amigas me acompañaron durante la enfermedad de mi madre, escuchándome o distrayéndome cuando lo necesitaba.
Psicólogos que me han ofrecido espacios para compartir sin filtros.
Mi marido, que casi cada día me da un masaje en los pies.
Estos momentos quedan grabados en mí como recuerdos de conexión, de vulnerabilidad compartida y de mucha gratitud.

Ilustración Marie Montocchio
¿Cómo podemos no solo cuidar mejor, sino también reconocer que nosotros también necesitamos ser cuidados?
¿Qué pasaría si dejáramos de ver la fragilidad como algo vergonzoso y empezáramos a verla como parte de nuestra humanidad compartida?
La persona dura podría permitirse no siempre serlo.
La persona que se siente invisible no tendría que pedir atención como puede.
La cuidadora vería con tranquilidad que es posible (y necesario) ocupar ambos roles, el de quien cuida y el de quien es cuidado, sin perder su identidad.
Me encantaría saber qué piensas.
¿Te cuesta dejarte cuidar?
¿Recuerdas algún momento en el que alguien te haya cuidado y haya dejado huella en ti?
Escríbeme, respóndeme este email o compártelo en redes.
Aprender a ser cuidados es también parte del camino.
Todos lo necesitamos.
Un abrazo,
María

