Querida comunidad,
Este mes en Rādika hablamos de lo que significa construir una sociedad sensible al trauma.
Y si pienso en los espacios donde esta mirada es más urgente, me vienen dos de inmediato: la educación y la sanidad.
En la educación, me preocupa lo poco que preparamos a los profesores para acompañar las emociones, comprender lo que hay detrás de ciertos comportamientos y ofrecer un espacio donde los alumnos puedan ser, no solo “responder” o “hacer”.
Es fácil etiquetar o incluso castigar a un alumno como “difícil” o “conflictivo” sin preguntarnos qué le pasa por dentro.
Incluso pienso en el alumno “ejemplar” al que todos alaban: el perfeccionista, el que nunca molesta, el que saca las mejores notas.
¿Es un rasgo de carácter o, más bien, una estrategia de afrontamiento frente al miedo, a la necesidad de control, a la falta de seguridad?
Lo mismo con quien no logra concentrarse:
¿Está distraído porque no quiere aprender, o porque su mente está ocupada en lidiar con un dolor interno que no sabe nombrar?

Ilustración Marie Montocchio
En ambos casos, los alumnos aprenden que lo importante es “hacer” y “producir”, mientras que cómo están o quiénes son se considera secundario.
Y esa es una lección que se llevan para toda su vida desde un lugar tan fundamental en su crecimiento.
Ahí es donde entra la importancia de acompañar con dignidad, autonomía y flexibilidad: dignidad para que cada alumno se sienta visto en su valor más allá de la conducta; autonomía para que pueda elegir y expresarse sin miedo; y flexibilidad para abrir caminos distintos de aprendizaje y crecimiento que respondan a sus necesidades reales.
En la sanidad me preocupan otras cosas: los espacios fríos, el poco tiempo para escuchar, la atención cada vez más automatizada.
Y la facilidad con la que se diagnostica sin mirar más allá.
Hace poco me contaban de un adolescente que desarrolló síntomas de TOC tras el confinamiento.
Hoy ya no los tiene.
Y me pregunto: ¿qué pasa si lo único que hacemos es etiquetar “tienes TOC”, medicar y seguir adelante?
Perdemos de vista que quizá era una forma de responder a una situación de falta de control.
Y verlo así cambia completamente la manera de acompañar.
También pienso en la persona gorda que va al médico y todo se reduce a su peso, aunque su consulta no tenga nada que ver con ello.
O en el paciente infantilizado, al que no se le reconoce criterio ni autonomía.
Todo esto deja una huella profunda, no solo en la enfermedad, sino en la experiencia de sentirse visto —o no— como persona en un momento de vulnerabilidad.

Para mí, ahí está la diferencia entre una educación o una sanidad que funcionan por inercia y una que es sensible al trauma:
mirar más allá de la conducta o del síntoma y responder desde ahí, con dignidad.
Quizás no podamos cambiar de golpe el sistema, pero sí podemos empezar con nuestra propia mirada.
Como docentes, profesionales de la salud, padres, madres, pacientes o estudiantes, tenemos el poder de transformar un encuentro, una conversación, una relación.
Y así, poco a poco, sembrar espacios donde sea posible aprender y sanar de verdad.
Un abrazo,
María

