Cada mes en Rādika, nos sumergimos en un tema específico que nos invita a aprender y a examinar nuestra relación personal con él.
Este mes, nos enfocamos en la felicidad y el sufrimiento – dos emociones fundamentales que marcan nuestro día a día, y entre las cuales oscilamos constantemente.
Estas emociones esculpen el camino de nuestras vidas, y nuestro recorrido podría verse como una serie de etapas en las que estas emociones se entrelazan, o una predomina sobre la otra.
Aunque, en realidad, casi siempre están ambas presentes.
Consideremos la pregunta rutinaria, ¿cómo estás?, que solemos hacer y responder casi automáticamente.
Si nos detuviéramos a pensar, nuestra respuesta sería mucho más compleja que un simple «bien», «más o menos» o «no tan bien».
La respuesta real es un cúmulo de emociones derivadas de un balance entre lo que nos hace felices y lo que nos duele, dependiendo de lo que esté más presente en ese momento.
Es un verdadero privilegio tener a alguien con quién compartir sinceramente estos matices.
Existen momentos y situaciones que nos brindan tanta alegría que pueden eclipsar los aspectos más difíciles o dolorosos de nuestras vidas, y viceversa: situaciones que nos sumergen tanto en el sufrimiento que las alegrías parecen perder su voz y espacio mental.
No obstante, una observación más detenida revela que casi siempre hay algo de ambos.
Los ejercicios de gratitud, en los que nos tomamos un momento para sentarnos y escribir o pensar en tres cosas por las que estamos agradecidos, pueden ayudarnos a centrar la mente en lo positivo, incluso en los momentos más desafiantes.
¿Qué impacto tiene abordar nuestros dolores y preocupaciones desde un estado de felicidad y paz interna?
¿Qué efecto tiene apreciar lo bueno y sentir gratitud incluso cuando enfrentamos tiempos oscuros?
Abordar el sufrimiento con el corazón abierto como lo hacemos en los momentos de felicidad, o sentir gratitud hacia lo positivo cuando las circunstancias son adversas, puede ofrecernos una perspectiva completamente diferente.
Esto es uno de los pensamientos que estoy teniendo estos días:
Reconocer que en cada momento somos un cúmulo de emociones y que abrirnos al presente para reconocer lo bueno y estar con lo malo puede, por un lado abrirme el corazón a lo que agradable, y facilitar la posibilidad de estar y mirar a lo difícil con un corazón compasivo.
Estos días también he estado reflexionando sobre cómo experimentamos la felicidad y el sufrimiento de los demás.
¿Qué sentimos cuando una amiga nos comparte su último logro personal, cuando una hija da a luz a un nieto, cuando un colega del trabajo consigue un ascenso, o cuando un político gana las elecciones?
Algunas veces, podemos compartir y celebrar las alegrías de otros como si fueran nuestras propias felicidades.
Sin embargo, en otras ocasiones, estas mismas situaciones pueden despertar en nosotros sentimientos de indiferencia, envidia o incluso molestia.
Lo mismo ocurre con el sufrimiento ajeno.
No todos reaccionamos de la misma manera ante las adversidades de los demás.
Algunos sufrimientos nos impulsan hacia la empatía y la acción; deseamos ayudar a aliviar ese dolor o, al menos, suavizarlo.
Sin embargo, frente a otros tipos de sufrimiento, podemos sentirnos incómodos y desviar la mirada.
Incluso hay situaciones de dolor ajeno que pueden provocarnos una sensación que confundimos con bienestar o alivio.
Cada una de estas emociones que experimentamos en respuesta a la felicidad o el sufrimiento de otros nos ofrece una valiosa oportunidad para introspección.
Nos permiten conocer mejor nuestros propios deseos, valores, miedos e inseguridades.
¿Cuándo se nos cierra el corazón y cuándo se abre?
¿Qué heridas personales están latentes, esperando ser reconocidas o tocadas?
¿Cómo podemos encontrar la paz, la empatía y la compasión en cada felicidad o sufrimiento de los demás?
Gracias por leerme,
Un abrazo,
María

