Hola,
Llevo unas semanas con la agenda más tranquila.
Han terminado los cursos en Rādika hasta septiembre, no tengo clases del máster, mis hijos están más de vacaciones… y, al escribir esto, llevo unos días al lado del mar, trabajando desde aquí a otro ritmo.
Me doy cuenta de que, al parar, algo dentro de mí se empieza a recolocar.
Aquí, con el olor a sal, el sonido de las gaviotas y la montaña al fondo, me fluye la creatividad.
Es como si pudiera ver los distintos componentes de mi vida —mi familia, mis ritmos personales, Rādika— con más perspectiva.
No solo lo que hacemos, sino cómo nos organizamos, qué podríamos cambiar, qué nuevas direcciones se abren, qué inercias seguimos casi sin darnos cuenta.
No estoy corriendo detrás de lo próximo en la lista.
Estoy divagando.
Imaginando.
Cuestionando.
Replanteando.
Creando.

Ilustración Marie Montocchio
Y me doy cuenta de que eso, en mi vida en la ciudad, se vuelve mucho más difícil.
Incluso los ratos que me reservo para mí —para leer, coser o descansar— acaban sintiéndose como tareas.
Otro «tengo que» camuflado.
Hace unas semanas, en ese intento de desconectar de mi cerebro pensante y práctico —dos cosas que le gusta mucho hacer a mi cerebro—, me llevé al mar una novela ligera recomendada por mis sobrinas (Los siete maridos de Evelyn Hugo).
Allí la leía sin problema.
Pero al volver a Barcelona, mi mente ya no me lo permitía: me pedía algo más “útil”, más intelectual, más productivo.
Como si hasta el descanso tuviera que servir para algo.
Y sí, ya lo sé… en casa de herrero, también hay cuchillos de palo.
Me dedico al cuerpo, al yoga sensible al trauma, a la salud mental… y aun así, a veces necesito estar al lado del mar para poder simplemente leer una novela sin sentir que debería estar “aprovechando mejor el tiempo”.
Qué curioso lo difícil que puede ser, incluso para quienes trabajamos en esto, salir de la rigidez.
Y me pregunto:
¿Cuántas veces nos pasa eso?
¿Cuántas veces confundimos el cuidado con la exigencia?
¿Cuántas veces aparece la rigidez incluso en los espacios que creíamos libres?

La ciudad, la rutina, la velocidad… nos empujan fácilmente hacia la rigidez.
Pero la naturaleza —el mar, la montaña, el cuerpo cuando puede respirar a su ritmo— nos recuerda que existe otra forma.
Que también hay un lugar para la flexibilidad, para el no saber, para el tiempo sin propósito, para el placer.
Y ahora que, en este hemisferio, se acerca el verano —y con él, para muchas personas, unos días de descanso—, tal vez sea un buen momento para abrir ese espacio.
A veces, hasta el calor nos fuerza a ralentizar.
A bajar el ritmo.
A escuchar.
¿Qué te ayuda a salir de la rigidez?
¿Dónde encuentras hoy un poco más de flexibilidad?
A veces, solo hace falta parar para ver con claridad.
Un abrazo,
María

