Este mes en Rādika hablamos sobre el arte de comunicar.
Y al sentarme a escribir esta carta, mi mente se fue hacia atrás.
A cómo ha evolucionado la comunicación en la historia. A cómo la tecnología nos ha ido dando distintas formas de comunicarnos y, con cada una, ha ido cambiando o ampliando lo que podemos llevar a lo que decimos o escribimos.
Y me di cuenta de algo: no solo cambia lo que decimos.
Cambia cómo pensamos.
Durante siglos, la comunicación fue oral.
Me imagino las noticias relatándose en la plaza mientras los demás escuchaban. Ahí estaba el orador asumiendo esa responsabilidad, mientras el resto se reunía a una hora concreta para escuchar en grupo.
Me imagino los “oh” y los “ah” en esas plazas con cada noticia, los intercambios de opinión.
Me imagino al orador teniendo días mejores y peores, según su humor o cómo se sentía al dar buenas o malas noticias.
Cómo desde el tono, el volumen o la velocidad podía impresionar, acompañar, asustar o hacer reír.

Ilustración Marie Montocchio La oralidad es flexible, cambiante. Tiene emoción. Y esa emoción influye en lo que se transmite. Después llegó la escritura y la imprenta. Nos permitieron opiniones distintas, ideas que quedaban grabadas. La palabra empezó a recibirse muchas veces en soledad. Ya no en la plaza, sino en casa. Quizá por eso todavía hay algo casi nostálgico en ver a alguien leyendo el periódico en el bar. Como si sostener las noticias en grupo fuera más llevadero que hacerlo en el salón, en silencio. La imprenta nos pidió más organización y más conciencia. Las palabras ya no se iban. Se quedaban. ¿Y ahora qué tenemos? Redes sociales. Noticias cortas. Mensajes breves con emoticonos y “jajajas”. Estímulos, fotos y sonidos que activan casi todos los sentidos. Solo nos falta que las redes nos dejen compartir el olor de las flores que estamos viendo. Cada forma de comunicación nos ha dado algo distinto. Ha despertado en nosotros distintas maneras de entendernos, organizarnos y sentirnos. Y cuando miro hacia atrás, veo que cada una tiene lo suyo. Algo que ganar. Y no quiero perder ninguna. |

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