Las palabras felicidad y sufrimiento parecen ser contradictorias e incompatibles.
Una nos lleva a pensar en la alegría, el bienestar, la sonrisa y parece estar asociado con algo bueno y deseable, mientras que la otra tiende a hacernos pensar en la tristeza, el miedo, la inseguridad y el malestar, todo cosas que intentamos evitar y prevenir.
La realidad, según mi experiencia, es que están entrelazadas y que una puede llevar a la otra.
Estoy convencida que para experimentar plenamente una, debemos estar dispuestos a acoger también la otra con apertura y presencia.
Aunque sean dos caras, pertenecen a la misma moneda.
El nunca haber conocido a mi padre, me ha traído añoranza y vacío.
Fue esta misma carencia, enfrentada sin evasiones, la que me permitió el autoconocimiento.
En mi búsqueda por llenar ese vacío, descubrí mi fuerza y mi estabilidad interna, así como mi vulnerabilidad y sensibilidad.
Esta falta me impulsó no solo a encontrarme a mí misma sino también a reconocer que la conexión va más allá de lo material y palpable en todas las relaciones.
También fue sin duda una razón por la que impulsé Rādika, por la que quise abrirme al dolor de todos, y también a la creación de una comunidad de apoyo.
El sufrimiento despierta lugares en nosotros que quizás nunca hubiésemos conocido.
Perder a mi madre el año pasado, fue otro momento de dolor.
Verla sufrir y morir, perder a alguien tan querido y esencial, estar con el vacío que queda.
Pero, ¿cómo hubiera sentido ese dolor al perder si no fuese algo me había dado alegría?
El duelo se presenta cuando nos cuesta soltar algo que un día nos dio felicidad, y las dos pueden quedar en uno.
Convivir y retroalimentarse.
Al igual que las hojas que caen de los árboles vuelven a nutrirlo y fortalecerlo, además de liberarlo de su peso, lo mismo hace todo aquello que soltamos y dejamos ir.
Mis hijos son otro gran ejemplo. Nada me duele más que verlos sufrir; es, posiblemente, lo único que me desestabiliza.
Sin embargo, también son ellos mi mayor alegría.
Este contraste, quizás reconocible también en tu vida, destaca nuestra capacidad de sentir y amar profundamente.
Nadando carreras de 7 kilómetros en mar abierto, subiendo montañas, pasando por la rehabilitación de operaciones y otros desafíos a los que me he metido voluntariamente o de forma obligada me han llevado a pasarlo mal.
He pensado “no sé si seré capaz”, “esto es más fuerte que yo”.
He sentido dolor, agotamiento, impotencia, frustración.
Pero el final siempre es feliz: metas conseguidas, límites propios superados, aprendizajes hechos.
El sufrimiento retado aumenta la felicidad.
La felicidad y el sufrimiento no son excluyentes.
Aceptar esta dualidad, aprender a convivir con ambos aspectos de nuestra experiencia, enriquece nuestra vida, dotándola de profundidad y plenitud.
Estar presente y abierto tanto en los momentos de alegría como de dolor nos enseña a valorar cada experiencia y a encontrar equilibrio y sabiduría en nuestro viaje.
La felicidad y el sufrimiento, lejos de ser antagónicos, se complementan, cada uno aportando a nuestra comprensión y apreciación de la vida.
Un abrazo,
María

