¿Alguna vez te has preguntado qué es lo que has heredado internamente?
Puede ser una pregunta incómoda, incluso desafiante.
¿Cómo puedo reconocer las partes de mí que se han instalado sin que yo siquiera lo haya notado?
¿Qué traigo en mis genes?
¿Cuántas de mis creencias y maneras de ver el mundo se han vuelto parte de mí sin que haya tenido la oportunidad de cuestionarlas?
En nuestra búsqueda de una identidad auténtica, de autonomía, de coherencia con nuestros valores, nos encontramos con una verdad inevitable: hay una parte de nosotros que ha sido “preprogramada,” que sigue operando, quizás, en lo más profundo de nuestro inconsciente
lIlustración Marie Montocchio
Los ejemplos son infinitos y, a veces, sorprendentes.
El estrés que mi madre vivió cuando estaba embarazada de mí, al perder a mi padre, dejó una huella en mis células.
El miedo de mi cuidadora al mar, porque nunca aprendió a nadar, me infundió durante años un temor profundo a las olas y la profundidad.
La dedicación de mi madre a la Cruz Roja durante mi infancia me enseñó una apertura hacia culturas distintas, algo que no todos a mi alrededor compartían.
Nacer en los últimos años del franquismo en España también influyó en lo que creía que podía hacer o no, en quiénes eran “buenos” o “malos,” en mis conceptos de libertad y autoridad.
Llevamos en nosotros patrones de respuesta, estructuras emocionales y formas de pensar que absorbemos del contexto social y familiar en el que crecimos.
Como entendemos las relaciones más íntimas, la amistad, el ayudar o ser ayudado, como percibimos a las personas de otras culturas, razas, formas físicas, o capacidades intelectuales.
Como entendemos la muerte, la enfermedad y también el éxito o el logro propio o ajeno.
Algunas de estas herencias se ven y se sienten tan naturales como la forma de mi nariz, que es la de mi abuela, o la curva de mis manos, que vienen de mi padre.
Sin embargo, mientras estas características físicas no las puedo cambiar, sí puedo cuestionar y moldear mi sistema de creencias, mis valores, e incluso mi sistema nervioso.
Puedo explorar si aquello que he recibido es coherente con quien soy y con quien quiero llegar a ser.
lIlustración Marie Montocchio
En este proceso de cuestionamiento, se nos abre una puerta hacia una mayor libertad y autenticidad.
¿Qué creencias he asumido sin saberlo?
¿Qué patrones emocionales he perpetuado de forma automática?
Al detenernos a observar, tenemos la oportunidad de reconfigurar nuestro mundo interno, eligiendo conscientemente aquello que realmente queremos conservar y dejando ir lo que ya no nos define.
Podemos decidir lo que queremos mantener o cambiar tanto para nosotros mismos y lo que transmitir a las generaciones que nos siguen.
Un abrazo,
María

lIlustración Marie Montocchio
lIlustración Marie Montocchio
