Nuestros conceptos internos sobre el vínculo y la soledad se forman en las primeras etapas de nuestra vida.
Lo que experimentamos de niños con nuestros cuidadores —la forma en que nos prestaban atención, respondían a nuestras necesidades y nos daban cariño— establece la base de cómo entendemos y vivimos estas experiencias en la adultez.
Si tuvimos cuidadores que nos ofrecieron un vínculo sano, que respondían con atención, validaban nuestras emociones, promovían nuestra autonomía con cuidado y nos enseñaban el concepto de límites desde un lugar de cariño, ahí aprendimos a confiar en los demás y en nosotros mismos.
Buscaremos y seremos capaces de ofrecer relaciones que reflejen ese mismo cuidado y conexión.

lIlustración Marie Montocchio
Por otro lado, si crecimos en un entorno donde el vínculo era inconsistente, donde nuestras necesidades emocionales no eran atendidas o donde fuimos abandonados o dañados emocional o físicamente, podemos llevar esas experiencias a nuestra vida adulta.
Entonces, es posible que repitamos patrones de desconexión, que evitemos pedir ayuda o que no nos sintamos merecedores de atención y cariño.
Lo mismo ocurre con la soledad.
Si nuestra soledad fue forzada o vivida como algo doloroso, la percibiremos de la misma manera en la adultez.
En cambio, si la soledad fue un espacio de tranquilidad y conexión interna, la experimentaremos como un refugio de calma y reflexión.
Reconocer nuestros patrones y cómo entendemos tanto el vínculo como la soledad es un trabajo de autoconocimiento, vulnerabilidad y sanación.
Poder observar, como un testigo externo, cómo se formaron nuestros conceptos internos de vínculo y soledad nos abre la vía para transformar el lugar que ocupan estas experiencias en nuestra vida actual.

¿Sé reconocer quién quiere mi bien y quién no? ¿Elijo de forma acorde?
¿Soy capaz de intimar y acercarme o lo temo?
¿Escondo partes de mí por miedo a ser rechazado?
¿Qué rol tomo en mis relaciones?: ¿igual a igual?, ¿cuidador o salvador?, ¿controlador?, ¿víctima?
¿Pongo límites cuando son necesarios o pongo más de los que hacen falta?
Y en cuanto a la soledad, ¿cómo la vivo?
¿En paz o con dolor?
¿La lleno de estímulos externos?
¿Se vuelve mi lugar de protección o de escape?
Poder observar estas preguntas sin juicio, simplemente con curiosidad, nos permite conocernos mejor y comenzar a cambiar esos patrones que quizás no nos están dando la tranquilidad o felicidad que nos merecemos, tanto en nuestro interior como en nuestras relaciones con los demás.
Un abrazo,
María

