Querida comunidad,
En este mes dedicado a la fortaleza y la vulnerabilidad he estado reflexionando sobre cómo se entienden en nuestra sociedad: cómo afectan nuestros roles, nuestras actitudes y nuestros comportamientos.
Me temo que no vamos por buen camino, ni hacia la conexión con los demás ni hacia la autenticidad con nosotros mismos.
Vivimos en una cultura jerárquica que parece repartir los permisos de sentir.
A quien ocupa una aparente posición de poder se le permite ser fuerte, no vulnerable.
A quien percibimos con menos poder se le permite ser vulnerable, pero no fuerte.
En ese reparto se pierde algo esencial: la posibilidad de encontrarnos como humanos y de dejarnos ser las dos cosas.
Porque, como humanos, siempre somos las dos cosas.

Todos habitamos distintos lugares en nuestras relaciones: madre e hija, jefe y aprendiz, cuidador y cuidado.
La forma en que miramos la fortaleza y la vulnerabilidad puede hacer que esos roles se congelen.
A menudo olvidamos el recorrido que hay detrás de quien llamamos “vulnerable”: el inmigrante que ha dejado atrás todo lo conocido, la persona con discapacidad que lucha por integrarse como igual, quien sobrevive en condiciones que exigirían una fuerza inmensa.
También pasamos por alto la humanidad de quienes vemos como fuertes: el jefe, el médico, el padre, el líder.
Cada uno ha sido también hijo, hermano, marido; cada uno con su propio camino y sus propias heridas.
Incluso el lenguaje puede mantener esas jerarquías.
Recuerdo haber dicho una vez: no la llaméis mi hermana pequeña, quizá llamadla mi hermana menor (y lo mismo con la hermana mayor, que parece que siempre tiene que ser la que lo sabe todo).
Parece un matiz, pero no lo es.
Lo primero congela; lo segundo permite el cambio, permite vulnerabilidad y fuerza.

Ilustración Marie Montocchio
La fortaleza y la vulnerabilidad no deberían repartirse.
Quizá es momento de preguntarnos por la jerarquía, por si nos aleja de la conexión y de ese equilibrio entre ambos lados de una misma moneda.
Son parte de todos.
Solo cuando dejamos de asignarlas a unos y negarlas a otros podemos empezar a relacionarnos de verdad, desde la humanidad compartida.
Entre las actividades que te propongo más abajo, te comparto una (la numero 4) que hacíamos en casa cuando mis hijos eran pequeños, y que sigue siendo una de mis formas favoritas de recordarnos que todos tenemos dentro fortaleza y vulnerabilidad.
Un abrazo,
María

