A finales del siglo XIX, la morgue de París, ubicada cerca de Notre Dame, era un espacio abierto al público.
Los cuerpos de difuntos sin identificar eran expuestos detrás de una gran pared de cristal.
Los visitantes caminaban por un pasillo junto al cristal, esperando reconocer a algún ser querido. Lo que debía ser un espacio administrativo se transformó inesperadamente en una atracción turística.
Cada día, hasta 40,000 personas, incluyendo mujeres, niños, obreros y turistas, visitaban este lugar.
Hoy, aunque la muerte permea las películas, libros y arte que consumimos, la tratamos como si perteneciera a otro.
Nos detenemos a mirar accidentes, curiosos sobre lo que ocurre dentro de una ambulancia, pero al mismo tiempo colocamos los cementerios a las afueras de la ciudad, alojamos a las personas mayores en residencias y relegamos los cuidados paliativos a los hospitales.
La enfermedad y el envejecimiento son estigmatizados y escondidos, como si pudiéramos escapar de nuestra propia mortalidad.
Vivir y morir son inseparables.
Los estudios muestran que las personas que hablan de la muerte, meditan sobre ella y la aceptan, procesan el duelo de manera natural y planifican su fin de vida, no solo viven más plenamente sino mejor.
En inglés, se usa la expresión «elefante en la sala» para describir un problema grande y obvio que todos ignoran.
Nuestra muerte es ese elefante, que nos limita y atemoriza.
La única manera de liberarnos es reconociendo y abrazando ese elefante.
Al hacerlo, liberamos nuestra mente, permitiéndonos disfrutar plenamente de cada momento y encuentro, de vivir.
Adentrarnos en la comprensión de la muerte aumenta nuestra gratitud y compasión, disminuye nuestros conflictos y ansiedades y nos impulsa a vivir con plenitud y energía.
Existen meditaciones diseñadas para ayudarnos a contemplar nuestra mortalidad.
Podemos empezar observando la naturaleza a nuestro alrededor y reconocer sus ciclos naturales de vida y descomposición.
También podemos meditar sobre nuestra propia respiración y cómo cada inhalación y exhalación marca un ciclo de vida que comienza y termina.
Estas prácticas nos permiten enfrentar y acercarnos al miedo que la muerte nos inspira.
Para así, vivir.
Un abrazo,
María

