Y ahí está el tema con las etiquetas. Nos encanta ponerlas como si nos dieran seguridad, estabilidad y sensación de orden, olvidando que también limitan, estrechan y quitan flexibilidad. Algunas son amables en apariencia: la fuerte, la responsable, la lista, la guapa, la buena. Otras duelen más desde el inicio: la conflictiva, la difícil, la vaga, la rara. Todas tienen algo en común cuando se fijan demasiado: empiezan a definirnos más que a describirnos. Un comportamiento se convierte en el cemento de una identidad. No es lo mismo decir “esto que has hecho ha sido duro” que decir “eres dura”. Los diagnósticos también pueden volverse etiquetas limitantes. Cuando palabras como burnout, depresión, bipolaridad o trauma pasan a formar parte de cómo se nombra a una persona, a veces parecen borrar todo lo demás que hace que esa persona sea quien es. Las etiquetas limitan cómo nos vemos y cómo vemos a los demás. Nos impiden ver a las personas, y a nosotras mismas, en su complejidad. Nos tranquiliza pensar “es así”. Nos da sensación de orden, de comprensión, incluso de control. Pero al hacerlo, dejamos de ver. |