Rādika es un espacio que busca ayudar a entender el funcionamiento humano. Tener emociones, necesidades, miedos, esperanzas y deseos forma parte de la experiencia humana, aunque se exprese de maneras distintas según la cultura. Nuestro lugar no es alimentar bandos, sino volver a lo esencial. Desde el trabajo con trauma hay algo que tenemos muy claro: el trauma no entiende de fronteras, banderas ni ideologías. El sufrimiento es humano. Y las necesidades básicas de dignidad, cuidado y seguridad son universales. En momentos de inestabilidad e incertidumbre suele surgir en un impulso natural e innato de buscar seguridad. Con ello, nos podemos aferrar a un punto de vista que nos da una sensación, a menudo falsa, de estabilidad. Posturas políticas o de creencias pueden convertirse en paredes y techos de una casa: nos sitúan, nos dan tierra y protección. Pero cuanta más inestabilidad percibimos fuera, más pequeñas se vuelven las ventanas que nos permiten mirar más allá. El mundo se reduce a “conmigo” o “en contra”. Ese tipo de división, que no deja espacio para la complejidad ni para la escucha, se parece a dinámicas cerradas que conocemos bien desde el trabajo con trauma. En ese proceso podemos olvidar la humanidad del otro. Nos cuesta reconocer que incluso en el lado que no es el nuestro hay personas que sienten, que necesitan, que sufren. Reconocer ese sufrimiento no justifica la violencia. No borra responsabilidades. No diluye valores. Pero ignorarlo deshumaniza no solo al otro, sino también a nosotros, porque borra una parte esencial de lo que nos hace humanos: la capacidad de ser compasivos. Desde Rādika llevamos dos años apoyando un proyecto que forma a profesores y profesoras de yoga ucranianos en Yoga Sensible al Trauma. Lo hacemos porque ahí hay trauma, pérdida, miedo y desasosiego. Y lo importante es que, si mañana alguien de Rusia nos pidiera esa misma formación, también lo haríamos. No como provocación ni como gesto político, sino como consecuencia lógica de trabajar con trauma. |