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Ilustración Marie Montocchio Esos años fueron definitivos para mí. No porque viese a mi padre como un dios, aunque quizás también. Sino porque descubrí que podía tener una relación real con alguien que no estaba físicamente. Que hay cosas que importan aunque no las puedas tocar. Que existe un espacio interior, silencioso y propio, al que puedes acudir. Y que en ese espacio no estás sola. Eso es lo que hoy entiendo por espiritualidad. La capacidad de encontrar ese lugar interno que ya no es solo tuyo. Y en eso se parecen todos estos instantes: no la buscas, te encuentra. En la luz de un atardecer, en los copos de nieve que caen, en las montañas a lo lejos, en los árboles que cambian con las estaciones. También está en la sonrisa de un niño, en la mano de una persona mayor, en ciertas músicas, en las olas del mar, en un plato compartido. |

Ilustración Marie Montocchio Creo que esa es la diferencia entre la espiritualidad que te imponen y la que vas construyendo tú. La primera tiene forma, tiene nombre, tiene reglas. La segunda aparece donde menos lo esperas. No hace falta creer en nada concreto para tener esa experiencia. Hace falta, quizás, estar lo suficientemente quieta como para notarla cuando llega. Te comparto este texto de Hermann Hesse que me acompaña desde hace tiempo y que para mí pone en palabras esto que siento y que quería compartir en esta carta. Creo que todos podemos ser ese árbol si le damos el espacio y la apertura a ello.
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