¿Quién eres?
Si te pidiera que tomases dos minutos para escribir 20 cosas que te definen, ¿qué pondrías en tu lista?
Dos minutos son suficientes: no tendrás tiempo para pensar demasiado, solo para dejar que las respuestas fluyan.
Si decides hacerlo, te invito a poner un temporizador antes de seguir leyendo.
¿Qué ha salido en tu lista?
¿Anotaste roles como madre, padre, hijo, mujer, hombre o tu profesión?
¿Aparecieron cualidades como curiosa, impaciente, cuidador, aventurera o soñador?
¿Incluiste experiencias o momentos que te han moldeado para ser quien eres hoy?
¿Y anotaste etiquetas sociales como tu raza, orientación sexual o capacidades físicas?

Ilustración Marie Montocchio
Este mes hablamos sobre interseccionalidad, un concepto que explora cómo las distintas identidades que nos atraviesan —género, edad, raza, orientación sexual, forma corporal, entre otras— se combinan y afectan nuestra vida.
Estas etiquetas no son neutrales: suelen llevar connotaciones sociales, explícitas o implícitas, que determinan si somos vistos con privilegio o si enfrentamos discriminación.
La sociedad no solo nos clasifica; también jerarquiza esas etiquetas, asignándoles un valor como “mejor” o “peor”.
Esto influye directamente en nuestra vida cotidiana: en las oportunidades laborales, en cómo nos tratan en la calle, en el médico o en la escuela.
Es cierto que estamos avanzando hacia una mayor inclusión, pero todavía queda mucho por hacer.
El lenguaje cotidiano es un ejemplo claro: ciertas expresiones, aparentemente inofensivas, perpetúan prejuicios.
Palabras que, siendo neutrales, han adquirido connotaciones negativas o peyorativas.
Ayer, una amiga que dirige una empresa me contó que alguien le dijo, como si fuera un gran cumplido: “Es que eres como un hombre.”
¿Qué significado implícito le damos a eso?
Esa palabra, hombre, que debería ser solo un género, acaba asociándose con cualidades como inteligencia, fortaleza, determinación, liderazgo y capacidad.
Comentarios como este revelan lo profundamente arraigadas que están estas creencias.
Y no solo en los demás, sino también en nosotros mismos.
Sin darnos cuenta, juzgamos a quienes nos rodean y a nosotros mismos según esas etiquetas.
Pensamos que es normal tener que esforzarnos más o menos dependiendo de nuestras características.

Ahora, te invito a volver a hacer tu lista.
Esta vez, no incluyas ninguna de esas etiquetas sociales.
No importa tu género, tu orientación sexual, tu raza ni ninguna categoría externa.
Escribe lo que realmente te define, lo que te hace ser tú.
Esa es la lista que importa.
Porque más allá de cómo nos etiqueten, esas categorías nos separan, pero nuestras cualidades nos unen.
Con cariño,
María

