Este mes en Rādika hablamos de felicidad.
De esa felicidad que se cultiva desde dentro y que es sostenible, más allá de las sonrisas momentáneas y el placer inmediato.
Y para hablar de felicidad, podemos empezar con una pequeña idea:
Nuestro cerebro tiene sus prioridades —válidas y útiles—, pero no siempre están alineadas con nuestra felicidad.
Aquí van algunas de las misiones de nuestro cerebro y sistema nervioso.
Spoiler: tienen intenciones importantes… pero no siempre salimos ganando.
1. Que estés a salvo (aunque no haya peligro real):
Tu cerebro está entrenado para detectar amenazas.
Es estupendo —y lo necesitamos— para peligros verdaderos, pero el problema es que no distingue entre un claxon y un oso: ambos activan la alarma y ponen en marcha el mismo sistema de lucha, huida o congelación. Mismo nivel, misma intensidad de respuesta.
Vivimos muchas veces tensos, en alerta, reaccionando como si algo terrible fuera a pasar… incluso cuando solo se ha caído una taza en la cocina.
El resto del mundo desaparece.
Dejamos de ver, oler, disfrutar del paisaje, porque ese estímulo acapara toda nuestra atención.
No nos deja dormir, comer, digerir, jugar, explorar, disfrutar.
El foco se vuelve tan estrecho que lo demás queda como un fondo borroso de Zoom.

2. Que no te quedes solo (aunque eso te aleje de ti):
Cuando somos pequeños, sabemos instintivamente que, para sobrevivir, necesitamos a los demás: su atención, su cuidado.
Esta necesidad puede ser fuente de gran felicidad cuando es positiva, cuando el cariño es verdadero y compartido…
pero cuando no lo es, nos lleva a hacer lo que sea por pertenecer y ser queridos: callar, agradar, adaptarnos.
Y esto puede instalarse como nuestro patrón de conexión.
La frase “mejor solo que mal acompañado” es un mantra que hemos tenido que inventar para no olvidarlo… porque por defecto solemos elegir compañía, aunque nos cueste autenticidad.
3. Que no gastes energía (aunque eso te saque del presente):
El cerebro ama los atajos.
Automatiza lo que puede: poner las llaves en el mismo sitio, seguir siempre la misma ruta, repetir la misma respuesta.
Los hábitos dan estructura y estabilidad.
Pueden ser un hogar interno.
Pero también nos desconectan.
Seguimos rutinas que ya no nos nutren… simplemente porque “siempre ha sido así”, y porque el cerebro está feliz (él sí; nosotros, como si no estuviéramos), ya que no tiene que esforzarse.
No nos paramos a preguntarnos si esas rutinas siguen teniendo sentido, no vivimos el momento, no lo disfrutamos.
Pero hay otros momentos que podrían ser placenteros y se vuelven invisibles:
Entrar en casa, ponerse crema en la cara, lavarse el pelo…
Momentos que podrían ser nutritivos y que, sin darnos cuenta, quedan en el mundo del olvido.
4. Que consigas placer inmediato (aunque no dure):
Cuando algo nos da una microdosis de alivio —una compra, una serie, una galleta—, el cerebro reptiliano (ese más primitivo, que tiene la primera palabra en muchas decisiones) dice: “¡más de eso!”.
Le cuesta mirar a largo plazo.
Quiere repetir lo que funciona ahora, ya.
Esa “felicidad instantánea” se agota rápido, pero deja el deseo encendido.
Y vuelta a empezar.
Redes sociales, chismes, validación externa… todo lo que nos calma o nos llena de adrenalina cinco minutos y luego nos vacía.
Nos deja con mal gusto de boca, y lo contrario de la felicidad.

Ilustración Marie Montocchio
Entonces… ¿qué podemos hacer con este piloto automático?
Podemos reconocer que no todo es cuestión de supervivencia, buscar conexiones reales, observar qué rutinas nos sostienen y cuáles nos anestesian, y pararnos a pensar:
¿Esto lo elijo yo… o lo está eligiendo mi cerebro en modo automático?
Antes de pulsar ese botón de “comprar” en Instagram a las diez de la noche, cuando ya solo busca su último chute del día… podemos simplemente darnos cuenta.
Si entendemos estas prioridades internas, tenemos más opciones.
Podemos entrenar al cerebro a reconocer qué nos da verdadera felicidad.
Este mes te propongo observar tus reacciones con curiosidad.
Y quizás empezar a preguntarte:
¿Soy yo… o un piloto automático?
Un abrazo,
María

