La pregunta de si realmente estamos viviendo es constante, aunque a menudo no la consideremos en nuestro día a día.Podemos pasar por la vida sin cuestionarla…hasta que ocurre algo que nos sacude: un coche que se acerca demasiado, los resultados preocupantes de unos análisis, o la muerte de alguien cercano.Entonces nos golpea la realidad: ¡somos mortales!Es complicado ponerse en los zapatos de alguien en Palestina.Llevamos ya seis meses conscientes de que, en otra parte del mundo, eso está sucediendo; hablamos de muertes por números que alcanzan los miles.Me cuesta asimilar que muchos de esos números sean bebés, niños y mujeres inocentes que solo querían vivir en un lugar donde ya eso era arduo.Para sobrellevarlo, parece necesario cerrar una parte de mi cerebro y mi corazón, que realmente comprenden lo que esos números, esas bombas, esos hospitales sin recursos significan. Es abrumadora la realidad que esto implica para esas miles de personas y las miles que les amaban.

Desde aquí, desde el asiento de mi casa cómoda en una Barcelona soleada, me siento impotente. Me llena la impotencia de no poder hacer nada y la culpa de no hacerlo. Me llena la confusión de cómo alguien puede ir cada día a la sala de operaciones militares y presionar ese botón que aniquila tantas vidas y aún así, pese a tener hijos, hermanos, amigos, padres que deben quererle, puede dormir.Yo sigo aquí, en esta silla, haciendo ejercicio por la mañana y comiendo al mediodía.El sufrimiento que imagino es tan vasto que me resulta difícil comprender esa realidad.Ante esta impotencia, ¿qué puedo hacer?Puedo aceptarla, reconocer lo que siento: culpa, tristeza, dolor, enfado y mucha confusión, y renovar la intención de tener un propósito que dé significado a mi existir.Me gustaría poder decir que estoy dispuesta a dejarlo todo para ir a salvar vidas allí, o que tengo los contactos y la influencia para cambiar lo que está ocurriendo.Pero ninguna de esas afirmaciones es cierta.No estoy dispuesta a arriesgar mi vida, y no tengo la influencia necesaria.Por lo tanto, vivo con la decisión de hacer lo mejor que puedo con lo que sí es mi responsabilidad: mi familia, mis seres queridos, esta fundación y yo misma.Desde este lugar de influencia, me esfuerzo por vivir, aprovechar, disfrutar y contribuir lo mejor que puedo.
Quiero que mi vida sea una en la que mis seres queridos sepan que los quiero. Una vida en la que pueda hablar, escuchar, abrazar y estar presente. Se me renueva la intención de dedicarme a contribuir a un mundo donde vivimos y sentimos mejor. Exploro cómo puedo, desde esta silla cómoda, mejorar algo en este mundo que me confunde, y a la vez mejorar como persona, eliminando juicios y sesgos que aún me invaden y no me permiten entender o aceptar a todos por igual.Disfruto de la suerte que tengo de estar sentada sobre esta silla, en esta Barcelona soleada, con estos seres queridos y estos propósitos que me hacen vivir cada día.Intento aceptar el dolor que causa el saber que no es la realidad de todos.Y espero que personas con más sentido y corazón se pongan en lugares de poder y hagan que estas masacres terminen.
Un abrazo,
María

