Querida comunidad,
Nacemos en absoluta vulnerabilidad: incapaces de caminar, de alimentarnos, de sobrevivir solos.
Y es justamente ahí donde descubrimos la fortaleza de los demás, que nos sostienen.
Con el tiempo, aprendemos a llamar fortaleza a otras cosas: resistir, no llorar, seguir adelante aunque pese.
Y a la vulnerabilidad, tantas veces, la confundimos con debilidad o con victimización.
Pero la fortaleza no es dureza ni rigidez, no consiste en levantar muros que nos aíslan.
Es sostenernos y sostener, es la resiliencia que nos permite caminar en terrenos inciertos, es mantenernos firmes en lo que creemos sin necesidad de negar nuestra fragilidad.

La vulnerabilidad tampoco es pasividad ni resignación.
Es abrirnos, mostrarnos tal como somos, pedir ayuda cuando lo necesitamos, dejar que otros nos vean de cerca.
Y, lejos de debilitarnos, esa apertura nos fortalece.
La fortaleza y la vulnerabilidad se encuentran cuando un padre pide perdón a su hijo, cuando alguien acepta la mano que le ayuda a levantarse de la cama, cuando un profesional se atreve a decir “no lo sé” o cuando un estudiante levanta la mano con una pregunta.
Se encuentran en los gestos cotidianos que nos recuerdan que abrirnos no nos debilita, sino que nos da otra forma de sostén.
Quizás la verdadera fortaleza no esté en negar lo vulnerable, y la verdadera vulnerabilidad no pueda florecer sin un fondo de fortaleza.
Como dos hilos entrelazados, nos recuerdan que lo humano es, a la vez, fuerte y frágil.

Hoy te invito a detenerte un momento y explorar en ti mismo:
¿Qué parte de ti se siente fuerte ahora?
¿Y cuál se muestra más vulnerable?
Tal vez descubras que, al mirarlas juntas, se sostienen mutuamente.
Un abrazo,
María

