Me encuentro escribiendo esta carta, la primera del mes de marzo que dedicamos a las «Mujeres» en Rādika, mientras me despido de una de las mujeres más únicas que jamás he conocido: mi madre.
Mi madre ha sido guapa (de hecho, guapísima), elegante, fuerte y llena de vida.
De hecho conozco a pocas personas – no solo mujeres – que hayan vivido tan intensamente y plenamente como mi madre.
Mi madre ha sido fuerte, cuando ser una mujer fuerte aún no estaba de moda. Cuando el mundo aún no estaba preparado para abrir una cuenta bancaria al nombre de una mujer.
Fue viuda con 29 años, dirigió la parte internacional de la Cruz Roja Española en los años 80, y desde la absoluta discreción fundó una de las primeras cárceles para mujeres con hijos.
Me enseñó el «tú puedes», no tengas miedo, y mira para adelante.
Me hizo entender que no hay obstáculos si tú no los dejas existir.
Mi madre ha sido inteligente. Nunca estudió. Desde los 11 años empezó a saltarse el colegio, y en cuanto pudo, empezó a trabajar.
Pero sabía sobre la naturaleza humana, tenía la intuición de una bruja, veía las cosas venir.
Esto a lo que hoy llamamos Mindfulness, mi madre lo hacía cuando quería y decía: “pongo mi mente en off” – sin técnicas, ni cojines, sin relojes, y en cualquier lugar. Ella me enseñó a mantener la calma, a ver las cosas con objetividad.
Mi madre ha sido divertida, libre y generosa. Se atrevía a ser quien era sin miedo a ser distinta.
Guardo una imagen de mi madre a los 70 años riéndose como una adolescente y haciendo «breakdancing» con mi hija, que entonces tenía 7 años. Las dos rodaban y daban volteretas en el suelo, y mi madre acababa riéndose a carcajadas en un espagat.
Mi madre siempre me ha impresionado por su belleza y elegancia. Caminaba siempre recta, con tacones a todas horas, y con vestidos alucinantes. Movía sus manos al hablar como si tocase un piano imaginario, mientras sus ojos, casi negros, brillaban.
Mi madre no ha sido una madre muy cariñosa ni tierna, o no lo ha sido hasta estos últimos meses.
Estos meses durante los que la enfermedad la ha mantenido en la cama, he podido conocer a la madre que se escondía detrás del escudo de mujer fuerte, llena de vida, sin miedos, y despampanante.
Estos últimos meses, en los que nunca ha perdido su gracia, su buen humor, su tranquilidad o su belleza, he podido conocer a esa madre dulce que nunca se atrevió a mostrar.
He comprendido que la escondió porque el mundo le enseñó que una mujer no puede ser vulnerable si quiere sobrevivir.
He entendido que vivió pensando que el mejor regalo que le podía dar a sus hijas era enseñarnos a ser fuertes para enfrentar este mundo hostil.
¿Qué deseo para mi, para mis hijas y para toda mujer?
Deseo esa fuerza, esa inteligencia, ese estar llena de vida, esa belleza; y también deseo esa vulnerabilidad.
Deseo que no haga falta llevar escudo.
Deseo un mundo donde ser mujer no sea razón de miedo, de inseguridad, de menos oportunidad, o de juicio.
Deseo un mundo donde también la vulnerabilidad sean nuestro poder y nuestra fuerza.
Gracias por leerme y compartir esta comunidad. Te hemos preparado muchas charlas con mujeres que buscan crear cambio y conciencia sobre temas esenciales, como también contenidos en posts y en estas cartas que esperamos te acompañen y que los disfrutes.
Un abrazo,
María

