Mario Salvador define el trauma, entre otras cosas, como un grito silenciado.
Recuerdo el día que, en una sesión de terapia, descubrí mi grito silenciado.
Desde pequeña no quise crear conflictos. Prefería quedarme callada y no expresar lo que sentía o pensaba antes de mostrar mi desacuerdo.
No sé porque fue.
Me imagino que alguna inseguridad de mi niña recibió algún comentario, y callarme la mejor solución qu encontré para no sentirme juzgada o excluida de mi núcleo familiar, y o escolar.
No fue nada terrible lo que me ocurrió: fueron pequeñas cosas a las que decía que sí cuando quería decir no, o decía que no cuando quería decir si.
“¿Te parece buena esa película?”, “¿te importa que le demos tu juguete a x?”, o “te duele tu herida»?
Los “sis” que eran “nos” y los “nos” que eran “sis”, se fueron guardando y acumulando en mi garganta y pecho.
Me imagino que por miedo a que me llamasen inculta, egoísta, o quejica.
Y así se fue instalando el patrón, y creando una bola emocional que solo a veces conseguía poder expresar; a menudo de forma incoherente, no relacionada con lo que pasaba, y hasta de manera explosiva.
¿Por qué te cuento esto?
Porque este mes hablamos de “salud física, salud mental” – cómo una, afecta a la otra.
Hablamos de cómo mi bienestar mental y emocional afecta mi salud física, o cómo mi salud física afecta mi salud mental.
Sabiendo esto que te he contado de mi bola de sentimientos y pensamientos no expresados y acumulados, adivina ¿qué parte de mi cuerpo ha mostrado más a menudo fragilidad?
Probablemente aciertes: en el área del cuello.
Durante años, esta fragilidad se ha mostrado en forma de pérdida de voz, pólipos en las cuerdas vocales, o a través del hipotiroidismo llamado Hashimoto.
Como insinúa el título del libro de Gabor Maté, que leemos este mes en el Club de Lectura, “Cuando el cuerpo dice que no”: si nosotrxs no decimos que no, el cuerpo se vuelve el altavoz de lo que silenciamos.
Escucharlo, darle espacio, y no juzgarlo, han sido sin duda esenciales en mi proceso continuo de liberación.
Reconocer el estrés – la energía absorbida por ese miedo y esa contención – y darle espacio.
Tenía que ser la primera que no me juzgase como inculta, egoísta o quejica.
La ciencia demuestra cada vez más que la salud del cuerpo está directamente ligada a nuestra salud mental.
Según las estadísticas, 3 de cada 4 personas siente que el estrés afecta su bienestar mental y emocional.
Sabemos que el estrés tiene efectos inflamatorios y oxidantes que afectan, entre otros, a nuestro sistema inmune, digestivo, reproductivo y tejidos como los músculos, huesos, articulaciones, o la piel.
Se estima, además, que el estrés está detrás del 90% de las enfermedades.
Si sabemos que este está en el origen de nuestro malestar tanto físico como mental:
¿Qué cambios podemos hacer en nuestro estilo de vida, en nuestros hábitos, en nuestra forma de comunicarnos, de vivir y convivir?
¿Qué partes de nosotrxs mismxs debemos escuchar y dar lugar para liberarnos de sus garras?
Te invito a que nos acompañes este mes para obtener más herramientas y tener un efecto positivo sobre nuestra salud tanto física, como mental.
Dos cosas que, en realidad, son una.
Un abrazo,
María

