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Ilustración Marie Montocchio
Estoy en parte de acuerdo. Las relaciones eran más lentas, más presenciales, con menos ruido de fondo. Había algo en esa lentitud que valía la pena. Pero la memoria no es una grabación. Es una historia que nos contamos, y como toda historia, tiene partes que brillan y sombras que se difuminan. Tendemos a recordar el pasado de forma más favorable de lo que fue, no porque mintamos, sino porque el dolor se procesa y se archiva. La calidez se queda cerca. Así que cuando decimos que antes había más respeto, vale la pena preguntarse: ¿respeto para quién? Las mujeres ocupaban el espacio que se les asignaba. Los niños recibían golpes y se llamaba disciplina. Había colectivos enteros que no existían en la conversación pública. Parte de eso sigue estando, pero al menos hoy lo sabemos y nos lo cuestionamos.
Esta tiene razón, aunque no siempre por las razones que creemos. Algo ha cambiado. No solo en los niños, en todos. Llevamos en el bolsillo un dispositivo diseñado por equipos enteros de ingenieros cuyo trabajo es que no lo soltemos. No es falta de voluntad. Es que el juego está trucado. La capacidad de tolerar el aburrimiento, de sostener una tarea sin recompensa inmediata, de estar a solas con uno mismo sin llenarlo de estímulo, se está erosionando. En niños y en adultos. La nostalgia aquí no está equivocada, está señalando algo real. El problema es cuando se queda en queja y no llega a pregunta: ¿qué hago yo con esto, hoy, con las herramientas que tengo?
Esta es una de las razones por las que existe Rādika. Porque sabemos que cargar con algo sin procesarlo hace que aparezca más tarde, de otras formas. Se puede sentir, nombrar, aprender y seguir caminando. Recordar la regla de mi profesora de ballet puede ayudarme a entender por qué tardé tanto en creer en mi fluidez en el movimiento, y sobre todo llevarme a reflexionar qué quiero para mis hijos. No es quedarse en el dolor. Es usarlo.
Esta confunde dos tipos de dificultad muy distintos. Antes había guerras, hambre, escasez física. Dificultades agudas, visibles, con nombre claro. Hoy muchas de esas urgencias han desaparecido, al menos en ciertos contextos. Y sin embargo hay algo que no ha desaparecido: la presión constante, el ruido permanente, la sensación de que nunca es suficiente. Un estrés que no viene en forma de crisis puntual sino de fondo continuo, sin pausas, sin señal de que ha terminado. Lo agudo duele más en el momento. Lo crónico te desgasta sin que lo veas venir. Son desasosiegos distintos.
Esta me lleva a preguntarme: ¿qué es una conversación de verdad? ¿Tiene que ser larga, en persona, sin móvil encima de la mesa? ¿O es escucharse, verse, estar abierto a reflexionar y a no tener razón? Puede que haya muchos estímulos que nos desvíen de ellas, pero podemos elegir dónde y cómo poner nuestra atención. |

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“ANTES LA GENTE SE RESPETABA MÁS”

“LOS NIÑOS DE AHORA NO SABEN LO QUE ES ABURRIRSE”
“EN MI ÉPOCA SI TE CAÍAS, TE LEVANTABAS Y PUNTO”
“HOY LO TENÉIS MUY FÁCIL”
“YA NO HAY CONVERSACIONES DE VERDAD”
La pregunta que importa.
