“Espejito, espejito… ya es hora de cambiar tu visión.” – Kate Hudson.
La comida está unida a recuerdos de mi niñez.
– Las lentejas o los macarrones con tomate gratinado: cuando los como, aún hay una parte de mi que se vuelve esa niña pequeña sentada en mi casa de la infancia.
– Tenía una cocina de juguete: me pasaba horas cocinando platos imaginarios, lavando platos en un grifo que no sacaba agua, y comiendo con mis muñecas todo tipo de comida inexistente que sabía deliciosa.
– Las Navidades con mi madre y mis hermanos: con ella nada era tradicional, incluyendo esta cena. Cada año cambiaba los platos, siempre era una sorpresa. Y nunca preparaba lo que las demás familias comían.
– También recuerdo cuando empezó la lucha con el peso: con tener – o no – el cuerpo que se esperaba de mi.
A menudo, cuando pienso en comida, me vuelvo a encontrar ahí, suspendida entre el gozo y la vergüenza.
Por un lado, el placer de disfrutar de cocinar, compartir mesas con seres queridos, celebrar, comer lo que me hace sentir en casa.
Por otro, la inseguridad ante esas ideas sesgadas de cómo debe ser mi cuerpo, y qué, cómo y cuánto debo comer.
Comer, beber, o succionar (como el bebé que succiona el chupete), están ligados a nuestra madre y la lactancia.
Es un acto que aporta calma y tranquilidad, que nos hace sentir de nuevo protegidos, queridos.
No es de extrañar que tenga tantos recuerdos relacionados a la comida.
Tampoco es de extrañar que manejemos, tapemos, o expresemos nuestro dolor a través de ella o de la bebida.
La comida, la alimentación, tiene tantos aspectos.
Como este mes solo escribiré una carta, pienso cuáles son los temas que más me preocupan en torno a ello.
Qué temas están estigmatizados o sesgados y afectan nuestra salud mental y bienestar.
Por ello, me gustaría llevar la atención a tres temas.
La oportunidad sería tomar un momento para pensar cuál es nuestra relación con cada uno de ellos, cómo nos afectan a nosotros, y cómo podemos apoyar a personas que estén afectadas por ellos.
– Primero: los trastornos de alimentación, el estigma que hay en torno a ellos, y el dolor que se esconde detrás. Debajo de la anorexia nerviosa, de la bulimia nerviosa o del trastorno por atracón, están personas vulnerables intentando manejar y procesar una herida.
– Segundo: la gordofobia, y los juicios y comportamientos que la acompañan. El prejuicio que sufren las personas gordas afecta, entre otras cosas, la atención médica que reciben, sus oportunidades de empleo y su vida social. Te he incluido en esta carta un test realizado por la universidad de Harvard para reconocer dónde tenemos sesgos implícitos. Es una buena forma de reconocer nuestros prejuicios y así poder cambiarlos.
– El tercer tema es el equilibrio entre nuestra necesidad de alimentarnos y las necesidades del planeta y de los seres que lo habitan. La deforestación, el agotamiento de recursos naturales, los animales, los pesticidas, el cambio climático, la pérdida de biodiversidad, y el efecto sobre la calidad y limpieza del agua y la tierra, son algunos de los muchos aspectos afectados por nuestros hábitos de alimentación.
Agradezco a las nuevas generaciones, y a ciertas cuentas de redes sociales, que contribuyen a eliminar las barreras del estigma y del silencio en como se vive.
Ello nos lleva a reconsiderar las ideas preestablecidas, llenas de juicio sin base, o que nos hacen conocer los detalles de cómo nuestra forma de consumir afecta al planeta.
Aunque nuestra próxima carta no será hasta agosto, aún tendremos nuevos vídeos en nuestro canal YouTube y directos en Instagram para tratar temas que vemos esenciales con profesionales excepcionales alrededor de la alimentación.
Esperamos verte ahí.
Un abrazo,
María
P.D: puedes hacer el test del sesgo implícito aquí.

