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Ilustración Marie Montocchio La pregunta entonces cambia: ¿cuánto de mí es realmente elección… y cuánto es lo que he aprendido que es mejor mostrar, o incluso ser? No siempre es fácil verlo. A veces hay partes que ni siquiera reconocemos en nosotros. No las miramos. Y quizá tampoco queremos mirarlas. Como el enfado. Durante mucho tiempo, el mío no era algo que enseñara, pero tampoco lo miraba ni quería verlo. Aprendí desde muy pequeña que se me quería cuando era dulce y alegre. Y en ese proceso no solo hubo partes de mí que dejé de mostrar, también hubo partes que yo misma dejé de ver. Tanto que, cuando aparecía, lo hacía de golpe, como algo que había estado encerrado demasiado tiempo. Durante años tampoco me veía como alguien que lucha, que argumenta, que dice “eso no es justo”. Eso tampoco encajaba. Y, sin embargo, estaba ahí. Lo que ha cambiado no es que haya aparecido algo nuevo, sino que he aprendido a verlo y a darle sitio. Y resulta que, cuando lo hago, cuando defiendo algo en lo que creo, me siento más yo que nunca. Quizás tú también tengas algo así esperando. Algo que llevas tiempo sin mirarte, porque no encajaba, porque no tocaba, porque era más fácil dejarlo fuera. Y creo que esto nos pasa mucho más de lo que pensamos. La psicología social lleva décadas documentando algo incómodo: tendemos a adaptarnos al sistema en el que vivimos y a justificarlo, incluso cuando no nos favorece. No siempre porque queramos, sino porque nos da una sensación de orden, de encaje, de pertenencia. Y entonces no solo mostramos ciertas partes. También dejamos otras fuera. No porque no estén, sino porque no encajan igual de bien. |

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