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Ilustración Marie Montocchio EL MOMENTO QUE SE FOTOGRAFÍA Y EL QUE NO Cuando pienso en cómo vivimos los cambios de etapa, veo que les damos mucho peso a dos momentos concretos: el final y el inicio. La graduación, la boda, el nacimiento, el primer día de trabajo, la separación, el diagnóstico. Esos instantes tienen ritual, tienen foto, tienen champán o tienen lágrimas. Les damos nombre y lugar, y quedan grabados en nuestra memoria. Pero entre el fin y el inicio hay algo que ocupa mucho más tiempo y mucha más energía: la transición. Lo que viene antes, cuando ya sabes que algo va a cambiar y todavía no ha cambiado. Lo que viene después, cuando el champán se ha terminado y toca ponerse a ello. Esas semanas, esos meses, esa sensación interna de reorganizar tu interior. Vivimos para el instante que se fotografía. Pero vivimos sobre todo en los momentos que no se fotografían. Tengo en la mesa del comedor un puzzle de dos mil piezas. Uno complicado, con piezas diminutas, muchas de las cuales aún no sé dónde van. Siempre empiezo por el borde. El borde da forma, da límites, da un lugar desde el que orientarse. Pero el borde no es el puzzle. El puzzle es todo lo que queda por rellenar en el medio, esa extensión de piezas sueltas que todavía no sabes cómo encajan. Y ese medio es lo que más tiempo lleva, lo que más cuesta. En las transiciones vitales pasa algo parecido. El inicio y el final son el borde: visibles, claros, con nombre. El medio, la transición en sí, es todo lo demás. Es donde realmente ocurre todo: entender cada pieza, sus colores, su lugar, probar, equivocarse, colocar. Mientras hago los puzzles, a veces alguien de mi familia se acerca, mira un momento, mete una pieza o me da conversación y sigue con lo suyo. A veces me siento yo sola un rato para ir comprendiendo y colocando. Comprarlo fue un momento. Terminarlo será otro. Pero no lo compré por el principio ni lo hago por el final. Lo hago por el proceso en medio, por ese tiempo de ordenar, colocar, entender los colores y los dibujos de cada pieza, por la satisfacción lenta de que algo va tomando forma aunque todavía no sepas qué. ¿Podríamos mirar nuestras transiciones vitales de la misma manera?
Sabemos que el duelo necesita tiempo. Que la depresión postparto aparece después, no durante. Que las cajas de la casa nueva se quedan sin abrir durante semanas. Que el cuerpo toma su tiempo en ajustarse, que la cabeza tarda aún más. Y aun sabiéndolo, seguimos queriendo el principio y el fin, y olvidamos vivir el proceso con todo lo que trae: las emociones, el esfuerzo, lo que no estaba previsto. Las transiciones son el proceso, como en el puzzle. Llevan su tiempo, su dedicación, su desorden, ese momento en que no encuentras la pieza que buscas y tienes que dejarlo y volver mañana, y ese día cuando de repente se colocan varias y empieza a cobrar forma y sentido. |

LO QUE ESTOY APRENDIENDO Mi casa pronto será más silenciosa. Mi cuerpo ya es distinto. Y yo intento, no siempre con éxito, vivir el proceso. Como con el puzzle, a veces a solas intentando entenderme, y a veces con ese alguien que se sienta contigo un rato y te ayuda a colocar piezas. Cuando el puzzle esté completo o el nido esté vacío o el cuerpo haya encontrado su nuevo ritmo, probablemente recordaremos el momento final. La foto. Pero no recordaremos con la misma claridad quiénes fuimos durante el proceso, qué sentimos, qué dudamos, dónde nos sorprendimos a nosotras mismas, o qué descubrimos. ¿Cómo vives tú las transiciones? ¿Recuerdas más el momento o el camino? ¿Y quién te ha acompañado en alguna de las tuyas, en esa energía sostenida que no sale en ninguna foto?
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